La artista japonesa Yayoi Kusama, una de las figuras más reconocibles e influyentes del arte contemporáneo, falleció a los 97 años el pasado 14 de agosto en un hospital de Tokio. La noticia fue confirmada el 27 de agosto por las compañías vinculadas a la artista, que destacaron su dedicación permanente a la creación artística.
A lo largo de una trayectoria que abarcó más de siete décadas, Kusama desarrolló un lenguaje visual caracterizado por la repetición, los lunares, las redes, las calabazas y los espacios inmersivos. Sus célebres Infinity Mirror Rooms, junto con sus pinturas y esculturas, llevaron su particular universo creativo a museos, galerías y espacios públicos alrededor del mundo.
Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, Kusama comenzó a experimentar con patrones repetitivos desde muy joven. En 1957 se trasladó a Estados Unidos y encontró en Nueva York un escenario para desarrollar una propuesta artística vinculada a la vanguardia. Allí presentó sus conocidas pinturas de redes infinitas, esculturas blandas y acciones performáticas, convirtiéndose progresivamente en una figura relevante de la escena artística de los años sesenta.
La repetición se convirtió en uno de los principales recursos de su obra. Los puntos y las redes no funcionaban únicamente como elementos decorativos, sino como parte de una exploración sobre el infinito, la identidad y la relación entre el individuo y su entorno. Sus experiencias perceptivas y alucinaciones también influyeron profundamente en esta búsqueda, que terminó convirtiéndose en una de las características más reconocibles de su producción.
Pese a haber alcanzado reconocimiento internacional desde sus primeras décadas, su consolidación como ícono cultural global llegó especialmente en las últimas etapas de su vida. Sus exposiciones comenzaron a atraer grandes multitudes y sus instalaciones inmersivas acercaron el arte contemporáneo a nuevas generaciones, mientras sus obras alcanzaban importantes cifras en el mercado internacional. Instituciones como el MoMA y el Whitney Museum de Nueva York exhibieron su trabajo, consolidando su influencia dentro de la historia reciente del arte.
La artista también mantuvo una producción constante durante sus últimos años. Tras regresar a Japón en la década de 1970, vivió voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio, desde donde continuó desarrollando su obra. Su estudio señaló que siguió pintando hasta sus últimos días, manteniendo una práctica artística que atravesó pintura, escultura, instalación, performance, literatura y poesía.
Con su partida, el arte contemporáneo pierde a una creadora que consiguió convertir un lenguaje visual profundamente personal en un fenómeno internacional. Los lunares, las calabazas, los espejos y las infinitas repeticiones que definieron su universo artístico permanecerán como parte de un legado que trascendió generaciones y fronteras, mientras su obra continúa planteando preguntas sobre el infinito, el amor, la identidad y la existencia.




