Una de las razones más comunes por las que una vivienda se percibe más calurosa en verano es la mala orientación de los ambientes y el exceso de exposición solar directa. Cuando los espacios sociales o dormitorios reciben radiación intensa durante gran parte del día sin elementos de sombra, el calor se acumula en paredes, pisos y techos, elevando la temperatura interior incluso en horas de la noche.
Otro error frecuente es el uso de materiales con alta conductividad térmica sin soluciones complementarias de aislamiento. Superficies como el metal, ciertos tipos de vidrio sin tratamiento o muros sin aislamiento térmico absorben y transfieren rápidamente el calor hacia el interior, haciendo que el ambiente se sienta más sofocante y menos confortable.
La falta de ventilación cruzada también contribuye a que una casa se vuelva más calurosa. Diseños que no permiten la circulación natural del aire impiden la renovación térmica del ambiente, atrapando el aire caliente en el interior. Esto suele ocurrir en viviendas con pocas aberturas o con ventanas mal ubicadas que no favorecen el flujo de aire.
Asimismo, la elección de colores oscuros en fachadas, techos o incluso en interiores puede intensificar la sensación térmica. Los tonos oscuros absorben más radiación solar que los claros, elevando la temperatura de las superficies y, por consecuencia, del ambiente interior, lo que incrementa la sensación de bochorno durante los meses de calor.
Finalmente, la ausencia de soluciones de control solar y cerramientos adecuados, como protecciones en ventanas, aleros, persianas o sistemas de cierre hermético, permite que el calor ingrese sin filtro al interior del hogar. Un diseño que no considera estos elementos termina dependiendo en exceso de sistemas artificiales de enfriamiento, aumentando el consumo energético y reduciendo el confort.
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