El próximo 2 de marzo, la arquitectura internacional volverá a concentrar su atención en el anuncio del nuevo ganador del Premio Pritzker, distinción impulsada por la Fundación Hyatt que reconoce trayectorias donde confluyen excelencia profesional, visión cultural y un compromiso ético con la sociedad. Más que premiar una obra específica, el galardón distingue una forma de ejercer la disciplina como servicio público y construcción de sentido colectivo.
Tras una larga etapa marcada por lenguajes icónicos y gestos formales de alto impacto, asociados a figuras como Frank Gehry o Zaha Hadid, el jurado ha mostrado en los últimos años una sensibilidad distinta. La atención se ha desplazado hacia prácticas con vocación social, conciencia ambiental y arraigo territorial, una línea visible en perfiles como Alejandro Aravena y en el más reciente laureado, Liu Jiakun.
Este cambio de enfoque reactiva la discusión entre la consagración de maestros consolidados y el impulso de voces que trabajan desde la escala humana, la artesanía y los procesos colectivos. Para entender hacia dónde podría inclinarse la balanza en 2026, conviene recordar los principios clásicos que siguen guiando la selección: firmeza, utilidad y belleza, reinterpretados hoy desde criterios de sostenibilidad, inclusión y pertinencia cultural.
En ese contexto, cinco trayectorias concentran buena parte de las miradas. Todas comparten una lectura contemporánea del oficio: una arquitectura menos centrada en el gesto espectacular y más atenta a los materiales, a los tiempos del lugar y a la experiencia cotidiana de quienes habitan los espacios. La diversidad de enfoques, del trabajo comunitario a la poética de la luz, refleja la amplitud del debate actual en la disciplina.
La elección de este año no solo revelará un nombre, sino también una postura. Entre la continuidad del giro humanista y el reconocimiento a una carrera magistral, el resultado del Pritzker 2026 podría consolidar una nueva idea de excelencia: aquella que entiende la arquitectura como una práctica cultural con impacto real en la vida de las personas.
Tatiana Bilbao
La arquitecta mexicana ha construido una práctica que prioriza a la comunidad y los procesos participativos. Su trabajo se aleja del espectáculo formal para centrarse en la vivienda colectiva, la inclusión y el uso responsable de materiales del territorio. Proyectos que integran técnicas locales demuestran que la sostenibilidad puede ser un motor creativo y no una limitación.
Bijoy Jain
Desde Mumbai, propone una reconciliación entre tradición y contemporaneidad. Tras su formación internacional, regresó a la India para desarrollar una arquitectura basada en el oficio, los recursos locales y la colaboración estrecha con artesanos. Su enfoque pone el énfasis en el proceso constructivo y en la relación emocional entre las personas y su entorno.
Frida Escobedo
Considerada una de las figuras más representativas de la renovación generacional, su obra reflexiona sobre la luz, el tiempo y el espacio social. Sus proyectos transforman la experiencia del usuario mediante atmósferas sensibles que trascienden lo técnico y convierten la arquitectura en un recorrido perceptivo.
Kengo Kuma
Con una trayectoria extensa, el arquitecto japonés ha redefinido la relación entre arquitectura y naturaleza a través de una materialidad ligera y orgánica. Su capacidad para dignificar lo cotidiano, incluso en intervenciones de pequeña escala, refuerza la vigencia de su legado y su presencia constante entre los nombres que suenan para el premio.
Alberto Campo Baeza
La opción española se apoya en una carrera marcada por la docencia y la búsqueda de una esencialidad radical. Su obra propone una arquitectura depurada, donde la luz y la gravedad actúan como materiales fundamentales. La precisión geométrica y el silencio espacial definen una poética que ha dejado huella en la arquitectura contemporánea.
El veredicto no solo elegirá un nombre, sino que marcará el rumbo de la arquitectura contemporánea.




