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Hay un elemento que está revolucionando los espacios y no tiene que ver con lo que ves, sino con lo que sientes.
Cuando pensamos en arquitectura, solemos imaginar estructuras imponentes, juegos de luz y materiales innovadores. Pero hay un aspecto fundamental que muchas veces pasa desapercibido: la arquitectura sensorial. Se trata de diseñar espacios que no solo se disfruten visualmente, sino que estimulen los sentidos de manera integral.
Los aromas, por ejemplo, pueden influir en la percepción de un lugar. Espacios con esencias sutiles como lavanda o madera generan sensaciones de calma, mientras que notas cítricas pueden aportar frescura y vitalidad. En algunos hoteles y tiendas de lujo, el diseño olfativo ya es parte de su identidad.
El tacto también juega un papel crucial. La textura de los materiales puede cambiar por completo la experiencia en un ambiente. Superficies lisas y frías como el mármol transmiten elegancia, mientras que los acabados rugosos como la piedra o la madera sin tratar evocan sensaciones más orgánicas y naturales.
El sonido es otro elemento que define la atmósfera de un espacio. La correcta distribución del mobiliario y el uso de materiales acústicos pueden convertir un lugar bullicioso en un refugio de tranquilidad. Cada vez más diseñadores están incorporando este factor en viviendas y oficinas para mejorar la calidad de vida.
Por último, la luz y la temperatura ambiental cierran el círculo de esta experiencia sensorial. Un diseño que integre estas variables puede hacer que cualquier espacio deje de ser solo un conjunto de paredes y se convierta en un entorno vivo, que se sienta y se recuerde.
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